Era imposible creer haber llegado a ese lugar, escondido entre las fieles playas de Oaxaca. Se alcanzaba ver el horizonte teñido de azul frente a nuestros perfiles marrón. La pesadez del calor incitaba a nosotros, los mortales, a que nos desnudáramos, sin embargo el pudor derrotó en una batalla poco redituable y tú no accediste y yo sólo me quité la parte superior de mi bikini violeta. Justo ahora recuerdo cuando la brisa amable chocaba tempestuosa y serena sobre mi piel morenamente blanca.
Sé que es poco usual, pero ese día profanamos como nunca: Sin embargo no es difícil imaginarnos robándole caracolas al mar. Estábamos fascinados, cualquiera lo hubiera estado. Entre más diminutas las encontrábamos más perfectas y agudizábamos los ojos y revolvíamos la arena buscando caracolas marinas. A veces el mar se quejaba y mandaba potentes suspiros; el sol y la arena lo ayudaban: ¿recuerdas el sopor?, era insoportable. Y en nuestro último intento de seguir usurpando al mar, nos sumergimos en el agua azul verdosa. Jugueteamos un rato, nuestras risas llegaban hasta las cumbres de las montañas más altas. Aunque desistimos súbitamente, acto provocado por el miedo y la vergüenza. Salimos de prisa, como si hubiera testigos alrededor y con las conchas en las bolsas, en las manos, enredadas en nuestros cabellos huimos de aquel lugar como dos clandestinos a medio día cruzando la arena pensando en volver, volver a robar mañana.
Publicado en la revista Palestra
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