Siempre me ha extrañado de mi misma el embelesamiento que me causan las historias. Y más que las historias -ya que es un género muy amplio- los cuentos. Desde que tengo memoria a todos mis amantes alguna vez les he pedido que me cuenten un cuento. Por desgracia, todos han carecido del arte de la narración o simplemente se han negado. Sé también que muchos, aunque nunca tuvieron el valor de decirme, creían que era uno más de mis infantilismos patentes. Así que pocos cuentos he conseguido en noches plasmadas en sábanas, en los parques, en las mañanas de domingo. Por un tiempo dejé de mendigar cuentos. Carecía ya de sentido y me convencí de que los cuentos ya sólo los podía conseguir en las librerías.
Fue algo que dejé pasar. Hasta que un día, por razones muy azarosas, llegué a vivir unos meses en un departamento bastante modesto pero inmenso. Y quiero que se entienda inmenso en el sentido de la profundidad, no de metros cuadrados. Tenía dos libreros pequeños repletos de libros, de esos que son inmensos también. Era increíble la selección. Páginas inmensas. Y fue en una de esas páginas inmensas en donde encontré la respuesta a mi infantil petición. La página plasmaba una teoría de Walter Benjamin que especuló en torno a las posibles relaciones existentes entre el arte de contar historias y la curación de las enfermedades. Él hablaba acerca de los poderes curativos de las manos de su mujer, diciendo que los movimientos de éstas eran muy expresivos, pero que le resultaba imposible describir esa expresión, pues era como si esas manos estuvieran contando un cuento. De este modo a Walter Benjamin le vino a la memoria un escena ajena: la del niño que, cuando se pone enfermo, la madre le orden acostarse, para luego ella sentarse a su lado y empezar a contarle historias. Y al venirle a la cabeza ese recuerdo se preguntó si realmente no será la narración la atmósfera propicia y la condición más favorable para muchas curaciones.
Terminando de leer esto, no pude evitar dar un salto de euforia. Claro que es eso. Siempre quiero pedir cuentos, para curar algo. Así como las manos sobre la piel causan un esa atmósfera encaminada a la curación. Unos minutos después recordé a un amante el cual siempre me pedía caricias y masajes. Entonces entendí que, al final, los dos pedíamos lo mismo: esa atmósfera mágica y curativa que hace olvidar, que enternece los ojos y manda volar la imaginación.
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