viernes

La pasarela de Moneda

Camino por Moneda y se que no te sorprendería si te dijera que ya me he vuelto parte de esa calle. Paso y no es difícil asimilarse en el mismo circo: la calle con más colores. A veces volteo a ver el callejón en la que se encuentra escondida la cervecería favorita de los artistas, donde acostumbrábamos a reír con  desenfreno. Recuerdo cuando te dejé de ver y pensaba que si entraba al bar te encontraría ahí, pero prefería seguirme de largo y no entrar, por que al final no soy tan cobarde ni tan valiente, porque prefiero pensar que no me importa y que me preocupan más mis pasos, la prisa de llegar, de saber que estás en otro lado.

La tarde siempre cae majestuosa sobre Moneda y camino entre la suciedad que van dejando los ambulantes; la merchante que tira la grasa sobre la calle empedrada por la que van mis apurados pasos, sintiéndome en una pasarela donde soy mal recibida. Todos gritan, a nadie le importa los colores que pinta el cielo. Es un escenario gris, en el que todos miran hacia productos circenses, vacío total. Siempre agradezco cuando se hace más noche, cuando los colores van desapareciendo, con la ilusión que las cosas se vislumbrarán cada vez menos -ver todo como en una película a blanco y negro-. Me acuerdo la vez que fuimos por primera vez a tomarnos cervezas, a esa cantina donde pululan  a los que se dedican a las bellas artes. Te hablaba de matemáticas y física, sobre los rayos de luz. Ahora eso, pero sólo hasta ahora me da nostalgia. Al final, me he dado cuenta, que lo único que me gusta de esa calle es su inicio y su destino: la Catedral y San Carlos. Todo lo demás es simplemente el circo y la humedad por la que paso todos los días para ya no verte cuando quiero, para voltear hacia la cervecería y recordar lo felices que fuimos ese día en la que yo hacía de maestra y tu de oyente.

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