Las calles han empezado a decir cosas. Y no sólo ellas, también los puentes, los callejones, el metro subterráneo. Y dicen cosas asombrosas que nunca ningún ser humano había escuchado. El presidente de un reconocido periódico matutino ha mandado a un ejército de periodistas a cubrir todas las zonas de la ciudad para mantener informada a la sociedad. Ahora son los vagabundos los que se burlan de los periodistas, porque ahora ellos son los que le hablan a las alcantarillas y se pasan buscando historias detrás de las montes de basura. Incluso los funcionarios, que antes se atiborraban en el palacio presidencial y en la propaganda televisiva, andan por las calles. A todos les da risa, que incluso si de andar buscando fantasías se trata, los burócratas nunca dejan de vestir de traje. Además, escépticos, buscan si alguna calle o callejón ha acumulado quejas hacia su gobierno. Los niños andan queriendo jugar con las palabras, pero de una manera muy violenta. Quieren arrancarle la tilde a la eñe, y les encanta voltear el seis para volverlo nueve. Por más que los padres, consternados por sus hijos, les gritan desde la venta, los infantes no dejan de aplicar violencia pueril a la literatura. Los amorosos fantasean con todo lo que los puentes dicen, mal interpretando todo, pensando que son poemas y que están dedicados a ellos.
Y así ha transcurrido el acontecimiento. Ahora ya es costumbre escuchar los gritos de la ciudad. Nadie ha vislumbrado que las calles tienen otras cosas que decir, cosas que son realmente importantes. Pero la esperanza no ha muerto. A veces, muy de noche, cuando sale el último tren, por el túnel se escapan todos los secretos de la tierra en forma de vapor. Una que otra persona se llega a estremecer porque ha entendido lo que el concreto ha querido decir y cunde un silencio majestuoso en el pensamiento humano.
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